Pasó
en...
Linares (Jaén), sábado 7 de junio de
2008.
CURRO DÍAZ, SOCIO DE HONOR DE TERCIO
DE VARAS.
El pasado día
7 de junio, a las 20,30 horas, se celebró un pequeño pero emotivo acto en
nuestra Peña en el que se nombro socio de Honor de esta casa al torero
linarense CURRO DÍAZ.
Abrió el acto nuestra
presidenta Encarnación Garrido agradeciendo a los asistentes, y como no, al
homenajeado su
asistencia; haciendo historia con unas emotivas
palabras hacia CURRO DÍAZ y sus antepasados. Habló del grado de afición de esta
familia resaltando la figura de su abuelo “Juanito”, gran aficionado de esta
ciudad; después comentaría la historia taurina de su padre,
Posteriormente le cedió la palabra al secretario de la Peña Juan Casado, el
cual, inició su relato aludiendo: que debido a que estaba rodeado de
aficionados de los que muchos habían seguido la carrera del torero desde sus
comienzos apostando por él, no se le venia a la cabeza que decir. Hizo también,
al igual que nuestra presidenta, alusión al abuelo del torero y término
diciendo que las dos cualidades más importantes de este torero son el arte, del
que anda sobrado Curro, y el valor, sobradamente demostrado en plazas tan
importantes como Madrid o Sevilla.
Curro, seguidamente, agradeció la atención que la Peña Tercio de Varas había
tenido con él y que además le hallamos apoyado desde sus inicios.
Juan Cristóbal Álvarez.
Las Virtudes (Ciudad Real), viernes
25 de abril de 2008.
Estábamos
hartos. Habíamos soportado estoicamente la Feria de Abril 2008. Intoxicados por
el rutilante brillo de las figuras del toreo, las ganaderías de abolengo y
marchamo, y como no, aturdidos por la voces oficiales del taurineo; un grupo de
amigos de la peña Tercio de Varas, al enterarnos de que en plaza de Las
Virtudes se celebraba una novillada sin picadores –curioso, la Peña Tercio de
Varas acude a una novillada sin picadores; al menos, aquí sabíamos que la
suerte de varas no se fingiría- decidimos irnos para allá a ver si podíamos
recuperar la estabilidad emocional.
Pusimos pies en polvorosa y nos
presentamos en esa pequeña población donde se respira una paz infinita aún
estando en fiestas. Nada más llegar, y atravesando con nuestro automóvil entre
las personas que, a las cinco de la tarde celebraban el día del santo patrón
–creo que San Marcos-, cerveza va y viene y música por sevillanas, nos
encontramos de bruces con la puerta de la soñada plaza. Una fachada y un
portalón de madera coronado por un ojo
enrejado por el cual sólo se podía ver el celeste cielo, despertaba el interés
por lo que allí dentro habría. Nos fuimos a la taquilla, adquirimos nuestras
entradas y otra vez nos sentimos sorprendidos cuando observamos que las entradas más altas, las de palco,
eran las más caras. Volvimos a la puerta principal y nuestra insaciable
curiosidad por saber lo que había dentro nos obligó a pedir al portero que nos
dejase asomar la gaita. ¡Qué preciosa! ¡Qué cuidada! ...Ante nuestros ojos
había una plaza de toros del siglo XVI. Volvimos a salir. Era pronto. Nos daba
tiempo a tomar un refrigerio en los chiringuitos de la feria próximos y
repletos a la hora lorquiana de las cinco de la tarde. 
Nuestra sed de ver la plaza de
toros por dentro nos obligó a adentrarnos en ella un buen rato antes del
inicio, así pudimos observar con detenimiento todos los detalles. Su barrera,
mitad muro empedrado y mitad en madera pulcramente revestida de rojo carruaje.
El albero, con su brillo opacado por el riego de una fornida manguera
desprendía un halo de frescor. Churreteros los álamos se asomaban curiosos y
hacían de frontera entre el tejadillo y el azul infinito. La banda de músicos
irrumpió en la plaza, sonaba como debe sonar una banda de pueblo, notas
anárquicas, algunas disidentes y otras fugadas en busca y captura.¡Un poquito
más despacio! Voceó un espectador, llevaba razón; La Entrada sonaba de
manera fugaz. Pero es así como debe sonar una banda de música en tardes
de encanto rustico, lo perfecto es relamido y frío, aquellas notas nobles eran
acogedoras.
A la hora en punto se inició el paseíllo
con rigor. Sobre una de las diagonales de la plaza los tres novilleros
avanzaban, dos de ellos: El Gitano de Aruaga, venezolano de nacimiento,
con rasgos en su rostro de pertenecer a esa creativa estirpe; y el local,
Emilio Huertas preso un poco de la responsabilidad de exhibirse delante de sus
paisanos, avanzaban con rapidez; el tercero, segundo en el cartel, Adrián de
Torres, andaba con paso firme y lento, –así harían, a la postre, el toreo-. Los novillos, samueles de El
pizarral y los juanpedros -nos parecieron por hechuras- de Martín
Carrasco, mostraron buena presentación
y dieron juego. Los dos novilleros, venezolano y manchego estuvieron: el
primero, bullidor, variado con las banderillas y el capote; el segundo, el
local, entregado, falto de oficio,
queriendo más que pudiendo; y el otro,
el de Linares, hizo el toreo en redondo en una plaza cuadrada, paradoja, pero
así fue, Adrián de Torres hizo por momentos, tanto de capote, como de
muleta un toreo sentido y cadencioso.
Volvíamos a casa, no nos habíamos
curado, pero estábamos bastante recuperados del síndrome, -un poco de
Estocolmo-, si no pones remedio urgente, puedes hacerte solidario.
José Luis Bautista.
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