( Miguel Vega Blázquez )
VINDICACIÓN DEL TORERO CURRODÍAZ TRAS SU PASADA ACTUACIÓN EN LAS VENTAS. Junio de 2008.
HUBO UNA TARDE EN GRANADA...Mayo de 2008.
CARTA ABIERTA A CURRO DÍAZ A PROPOSITO DE........ Mayo de 2007.
EL DISCÍPULO CONTRA EL MAESTRO. Abril de 2007.
CURRO DÍAZ, TORERO LORQUIANO. Febrero de 2006.
VOLVER A SER CURRISTA. Octubre de 2005.
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VINDICACIÓN
DEL TORERO CURRO
DÍAZ TRAS SU
PASADA ACTUACIÓN EN LAS VENTAS.
Es alarmante la ceguera que viene demostrando
la crítica taurina de un tiempo a esta parte. Este oficio es algo muy serio, y
no todos los que se dedican a escribir en la prensa parecen entenderlo así. El
caso de la corrida celebrada el 28 de mayo en Madrid es sintomático. No se
puede aseverar mayor número de disparates acerca de la actuación de un torero:
Curro Díaz.
Los
comentarios en directo de Manolo Molés y el torero Antoñete enjuiciando la
labor de Curro Díaz se me antojaron bastante coherentes, esto es, que
coincidían en mayor o menor grado con lo que contemplábamos en las imágenes
televisadas. Sin embargo, al revisar la prensa escrita al día siguiente, no
pude salir de mi asombro ante las opiniones vertidas en algunos de los diarios
más importantes del país.
Javier Villán, en El Mundo, acusa a los tres toreros de
ser incapaces de demostrar torería, y tilda de nefasta la actuación de los tres. ¿Los tres toreros dieron la misma
sensación en el ruedo? Creo que Curro Díaz estuvo muy por encima de su lote y
torerísimo toda la tarde. ¿Acaso no lo vio Javier Villán lancear a la verónica
con empaque, temple y sentimiento, ni rematar con tres medias en el centro del
ruedo? ¿Acaso no supo paladear la exquisitez de los redondos, a pesar de que el
toro se marchara al final de cada muletazo? ¿No apreció el aguante, sin
descomponerse en ningún momento, del torero para intentar ligarle los muletazos
al incierto quinto de la tarde, que embestía a oleadas?
Su compañero de El Mundo digital, Lucas Pérez, vio un
bajonazo (estocada baja, escribe él) en el volapié al quinto de la tarde. Estoy
pensando en enviarle una foto de dicha estocada, publicada en el portal taurino
Burladero, donde se aprecia
exactamente la colocación del estoque: en todo lo alto, señor Pérez, en todo lo
alto. También Lucas Pérez lo acusa en su crónica de torero consentido de Madrid
y de que la faena a ese quinto toro estuvo llena de cites fuera de cacho y de
desplazamientos del toro hacia fuera; afortunadamente, ahí están las imágenes
de Canal +: llevando siempre la muleta por delante no creo que haya mucha
opción para el cite fuera de cacho; quedarse en el sitio para ligar el
siguiente muletazo tampoco creo que sea torear ni citar fuera de cacho; y el
desplazamiento del toro ni era hacia dentro ni hacia fuera, sino que el manso
en sus arreones salía por donde Dios le daba a entender.
Zabala de la Serna, en ABC, escribe que recibió al segundo con
lances prestos y garbosos, pero que la mansa embestida pasaba de largo y el
torero le vaciaba el lance al viento. Pues me temo que esas verónicas de Curro
puedan ser de las mejores que se vean en San Isidro (en artística competencia
con las de Morenito de Aranda y las de Morante de la Puebla), porque se
acoplaron perfectamente con la embestida mansa del toro: si hay mano baja y hay
lentitud en la reunión, el toro está siendo embarcado y conducido, por mucho
que salga suelto al final del lance. Así que las verónicas no se las dio al
viento, ni tampoco se las llevará el viento de la retina de los buenos aficionados.
Pero dejo para el final
los comentarios de Juan Posada en La
Razón. Se permite decir que los toros de Valdefresno dieron muchas
facilidades para hacerles el toreo artista a cargo, precisamente, de tres
toreros catalogados así; que fue una tarde perdida a pesar de que las reses
colaboraron. ¿Pero es que embistió por derecho alguno de los seis que saltaron
al ruedo, alguno quería comerse la muleta, alguno seguía el engaño hasta donde
le mostrara el torero, alguno demostró casta, fijeza, pujanza? Y sigue
relatando que el primer toro que le tocó en suerte a Curro era bonancible y que la faena de muleta tuvo
pretendidos visos artísticos, pero
que no se descaró con tan buen toro.
Pero, por si fuera poco, el segundo enemigo de Curro fue otro toro desaprovachado. Habrá que entender, entonces, que para el
señor Posada, los mansos declarados y de libro, que no quieren saber nada de
los engaños, son toros buenos y aprovechables. Con semejantes apreciaciones,
también puedo entender que viera en la primera faena de Curro Díaz muletazos
sin ajuste, separados del cuerpo y en línea. Las imágenes lo desmienten: todo
lo que trazó el torero fue en círculo (entre otras cosas, porque él no sabe
hacerlo de otra forma) y pasándose al toro muy cerquita. Le recomiendo igualmente
a Juan Posada otra foto de Burladero
que recoge uno de esos derechazos que él califica de despegados y en línea
(¿cómo puede llegar un muletazo en línea hasta detrás de la cadera?).
Me cuesta trabajo
entender todavía cómo determinados críticos echan por tierra una actuación más
que digna, torerísima para mi gusto, que se hubiera saldado con dos cerradas
ovaciones si no llega a emborronarla el torero con el mal uso del descabello.
Disfruté de verdad viendo a Curro Díaz en Las Ventas a pesar de los mansos de
Valdefresno que le tocaron en desgracia, más que en suerte. Me queda el buen
recuerdo, me quedan las fotos y me quedan las imágenes del paso de Curro por
San Isidro (ya que pude grabar la corrida). Lo que no conservaré son los
recortes de prensa que me he detenido a comentar; ésos ya están en el lugar que
se merecen: en la papelera.
Miguel Vega, junio de 2008.
Mientras
cenábamos en el restaurante La Ermita,
local perfectamente integrado en el edificio de la Real Maestranza granadina,
comenté a mis amigos que escribiría algo sobre aquella tarde. Acababa de
terminar la corrida, pero los sentimientos vividos a flor de piel estaban ya
extrañamente asentados.
Las
emociones fuertes se presentaron antes incluso de la hora de inicio anunciada
para el espectáculo: una llamada al mediodía me alertaba de que los astados
titulares de Vegahermosa eran desestimados en el reconocimiento y que en su
lugar venía un encierro con el hierro giennense de Torrehandilla (seis hermosos
toros que a la postre embestirían con mucha nobleza y arrastrando los hocicos
por la arena). La consecuencia inmediata fue la renuncia a torear del director
de lidia, El Juli, y el socorrido
parte médico con el que Manzanares justificaba su ausencia de la feria de
Granada. Únicamente Alejandro Talavante había decidido permanecer en el cartel.
La gestión de las suplencias por parte de la empresa dejó mucho que desear, no
obstante, nuestra motivación a la hora de elegir el cartel había sido que en él
se encontraba anunciado el torero extremeño, así que, con redobladas razones
acudimos -o tuvimos el acierto de
acudir- a la Monumental de Frascuelo.
¿A qué
Talavante veríamos en Granada? El enigma se planteaba en téminos absolutamente
admisibles, ya que el día de San Isidro, en Madrid, el torero se había mostrado
como una especie de fantasma de sí mismo, sin reaccionar en ningún momento de
la corrida, aislado de todo y de todos: una actuación, sin duda, decepcionante.
Sin embargo, el gesto de aparecer en la arena vestido de grana y oro sin
importarle para nada el cambio de ganadería (los de Torrehandilla subían todos
de quinientos cincuenta kilos de peso) era bastante alentador para nuestros
deseos de encontrarnos con el Alejandro Talavante de las grandes faenas y de la
excepcional personalidad que solía exhibir en todo lo que hacía en el ruedo.
Salió
el segundo de la tarde y la capa de Talavante lo acarició con verónicas a pies
juntos; el toro pareció entender, y el temple y la suavidad se adueñaron de su
embestida hasta perder la vida atravesado por el estoque del torero que lo
había conducido a cámara lenta, con una inexplicable parsimonia, en naturales
interminables, en pases de pecho sin enmendarse y en remates por bajo
desmayados en los que vaciaba su propia alma. Sentados en las filas de piedra
del tendido 9, nos mirábamos entre incrédulos y felices. En ese mismo estado de
trance, de comunión íntima con el animal al que lidiaba, afrontó su segunda
actuación. Únicamente marró con el descabello (ocho o diez pinchazos, no recuerdo), tras otra sinfonía
en tempo lento con capote y muleta,
lo que difuminó el premio de las dos orejas trocándolo por una ovación
entregada desde los medios (qué estampa de espalda arqueada, de pies firmes y
capote en la cadera). Habíamos presenciado una tauromaquia lírica, no épica;
una tauromaquia preñada de delicadeza, pero, al mismo tiempo, de mando; una
tauromaquia orientada a la fantasía, aunque el trapío de los cornúpetas le
rozara la taleguilla en cada embestida; una tauromaquia inspirada, en la que no
hubo probaturas ni rectificaciones y cada uno de los lances y muletazos
constituían de por sí una obra artística. Se le veía feliz en su salida a
hombros, no era para menos.
Al
terminar la cena, en la que apenas intercambiamos algunos comentarios sobre lo
presenciado en el ruedo, tuve la certeza de que cada uno de los que
compartíamos mesa y mantel sacaría a relucir en futuras conversaciones
distanciadas en el tiempo, que hubo una tarde en Granada en la que Talavante
toreó como en un sueño a dos formidables animales que rondaban los quinientos
ochenta kilos. Que no obtuviera un mayor número de trofeos y que, por tanto, no
hubiese alcanzado la repercusión que merecía en la prensa especializada no
importaba demasiado, porque a los que tuvimos la fortuna de estar sentados en
los tendidos se nos reveló particularmente todo el misterio que encierra el
toreo.
Miguel Vega, mayo de 2008.
A PROPÓSITO
DE LA SIGUIENTE PUERTA
GRANDE.
Admirado torero:
Imagino lo que
habrás sentido al ver cómo la Puerta Grande de la plaza de Madrid se abría ante
ti en reconocimiento a tu toreo este 29 de Abril. A tu magnífico y singular
toreo.
Y acierto a
imaginarlo porque te escuché hablar con toda franqueza ante un puñado de
aficionados en la peña taurina Tercio de
varas –en aquella tertulia en la que comparé tu tauromaquia con la poesía jonda de García Lorca- acerca de aquel
toro del Cura de Valverde en la tarde de tu confirmación en Las Ventas, y de
cómo te la jugaste a cara o cruz (sentías que podría tratarse de tu último
toro). Recuerdo muy bien tus palabras que expresaban o que reconocían el
haberte olvidado completamente del cuerpo durante esa faena; fue estremecedor.
También recuerdo la
fea cogida que sufriste en una tarde de la Feria de Linares, en la que
alternabas con Enrique Ponce y El Juli, y en la que una amiga que se sentaba
por primera vez en los tendidos de una plaza quedó pálida porque creyó que el
toro de Algarra había acabado contigo –afortunadamente, pude tranquilizarla
unas horas después-.
Recuerdo con
extraña nitidez una corrida infumable de Carmen y Araceli Pérez en Baeza.
Serafín Marín coqueteaba disimuladamente con una joven rubia que ocupaba una
barrera dos asientos más a mi izquierda, mientras tú te acodabas en las tablas
con una expresión de rabia, de amargura o de desilusión tras haber lidiado el
lote que te había correspondido –y me parece escuchar todavía la voz de María
Callas en el coche, al regreso a Linares, con un incandescente disco rojo sobre
los olivares-.
Y recuerdo las
imágenes de la lluvia en esa corrida de Octubre que terminó anegando el ruedo
de Las Ventas y en la que tu subalterno
Valentín Rivas acabó con la nariz rota después de ser arrollado por uno
de los desrazados toros de Antonio San Román.
Por tantas y tantas
cosas –supongo que tú podrías dar cuenta de muchas más- creo poder imaginar lo
que sentiste cuando llevaron a tus manos las dos orejas castañas de Jarito. Pienso que no me equivoco al
considerar que en ese preciso instante, mientras mostrabas ambos apéndices al
público, te habías convertido en torero de Madrid, una plaza que a lo largo de
estas cuatro últimas temporadas te había visto dar dos vueltas al ruedo y
cortar una oreja ante encierros de saldo, a contraestilo, en fechas marginales
e incluso dejándote fuera de San Isidro durante dos años consecutivos.
Pero Madrid estaba
huérfana de toreros artistas… hasta tu revelación en el ruedo de Las Ventas.
Desde la retirada de los dos Curros, Romero y, sobre todo, Curro Vázquez,
nuestro paisano que fue el predilecto de la plaza madrileña durante tantos
años, la afición venteña no había encontrado un sucesor que representara ese
toreo de corte artístico, de sabor y duende. Los fracasos de Finito de Córdoba;
el fiasco de Morante de la Puebla en su encerrona ante seis toros –que no fue
otra cosa que una rabieta provocada por el desplante de Sevilla-; la
decepcionante evolución del toreo de Antón Cortés; la desaparición en el
escalafón, por los siglos de los siglos, de Julio Aparicio, han contribuido a
ese vacío estético en el corazón del aficionado madrileño.
Sin embargo, el
domingo 29 de Abril, Las Ventas ha coronado por fin a un nuevo artista de la
torería, y ese artista eres tú, Curro, que no te quedará otra alternativa, a
partir de ahora, más que la de volver a abrir esa Puerta Grande las veces que
sean precisas, cuando las circunstancias sean propicias y los carteles y las
ganaderías lo permitan –esperemos que tu primera Puerta Grande sirva para eso,
para ocupar otros puestos en las corridas que se programen en el futuro en el
coso venteño-.
Inmediatamente
viene la de Cuadri, pero aunque ninguno de los dos toros te sirva dará ya
igual: todos los que asistan esa tarde a Las Ventas sabrán que está anunciado
en el cartel el torero artista que le venía faltando a Madrid desde hace
tiempo: Curro Díaz.
Miguel
Vega, Mayo de 2007.

Foto cedida por: David
Cordero
EL
DISCÍPULO CONTRA EL MAESTRO
23 de Abril: día del libro. En fecha tan literaria, Morante de la Puebla
arrebata en la Maestranza con una tarde de sombras y luces –qué premonitorio su
vestido caña y oro con remates negros- y Alejandro Talavante se consagra
abriendo la Puerta del Príncipe. Ya son dos los toreros que han traspasado el
umbral de la gloria en este ciclo de Abril: Talavante y el Cid. Y dos las
salidas a hombros de Alejandro en las primeras plazas del orbe taurino: Madrid
y Sevilla. Así están las cosas en este inicio de temporada: espadas en alto el
Cid y Talavante. Y al rojo vivo, incandescente, se nos avecina el Mayo
isidril.
¿Adivinan los aficionados quiénes son el discípulo y el maestro a los que alude
el título de este artículo? El discípulo es Alejandro Talavante y el maestro,
su maestro, no es otro que José Tomás. Me da la impresión de que el diestro de
Galapagar no ha elegido muy bien el momento de su reaparición. Después de
varios años de oscurantismo en el escalafón , en los que su figura se
agigantaba temporada tras temporada, decide volver a los ruedos este año de
2007, pero además decide hacerlo en Junio, desmarcándose de los compromisos de
la Maestranza y de las Ventas. Y con dos toreros en pie de guerra, jugándosela
de verdad –aquí se podría incluir también a Castella, aunque su toreo es de
menos quilates-; sobre todo Talavante. ¿Cómo estará valorando el maestro José
Tomás estos primeros compases del presente curso taurino? Sería interesante
conocer lo que pasa por su cabeza asistiendo a los triunfos abrumadores de
Alejandro Talavante. Talavante se ha forjado mirándose en el espejo de José
Tomás; incluso su carácter reservado, ensimismado, indescifrable se asemeja con
bastante fidelidad a la personalidad del madrileño –recuerdo que cuando escuché
la voz de Talavante por primera vez en una entrevista a pie de patio de
cuadrillas, creía que era José Tomás el que hablaba-. El problema es la
ambición: Alejandro saldrá a las plazas con el ansia de triunfo del que
empieza, mientras que José Tomás ya lleva tras de sí una leyenda y aún no
sabemos si sabrá estar a la altura de esa leyenda cada vez que haga el
paseíllo. El discípulo puede robarle los éxitos y el protagonismo al maestro. O
tal vez la presencia de Talavante suponga para el de Galapagar el estímulo
definitivo que le haga dar el paso adelante –con todas las consecuencias- para
recuperar su trono.
Qué empresario no querrá encartelar a
José Tomás con Alejandro Talavante a lo largo de esta temporada –junto con el
Cid, conformarían el cartel del año-; sería una competencia a sangre y fuego.
Pero, ¿accederá el maestro a entrar en una terna con su discípulo? ¿Veremos sus
nombres anunciados juntos antes de que concluya el año en las ferias de
Zaragoza y Jaén? ¿Soportará el maestro el empuje irrefrenable del joven Talavante?
Incógnitas que todos los devotos de la tauromaquia ardemos en deseos de ver
resueltas.
Miguel Vega, Abril de 2007.
CURRO DÍAZ,
TORERO LORQUIANO
He vuelto a releer
este invierno el Poema del cante jondo
que escribiera Federico García Lorca hace ahora exactamente setenta y cinco
años. Los poemas siguen mostrándose indemnes, al igual que el arte al que están
consagrados: el cante flamenco. El flamenco puro continúa perdurando en nuevas
voces a lo largo del tiempo; del mismo modo, el arte del toreo pervive prístino
en el alma, en la cintura y en las muñecas de nuevos matadores. Curro Díaz es
uno de ellos.
El interés de
García Lorca por el mundo del cante jondo
viene desde sus mismas raíces familiares; es desde siempre una de sus pasiones
personales. Promueve en Granada, junto a otros amigos, la idea de un concurso
de cante a nivel nacional. Esa idea, que se propaga al principio de manera
informal, acabará siendo acogida por una entidad pública granadina, el Centro
Artístico, apadrinada ya por la máxima autoridad musical de la ciudad, el
compositor gaditano Manuel de Falla. Se plasma, por tanto, el proyecto de un
Concurso Nacional para el verano de 1922. Y Lorca comienza a trabajar en su Poema del cante jondo con la intención
de tenerlo listo para la fecha del Concurso. Falla también se entusiasma con el
libro que está escribiendo su joven amigo, de hecho llega a decidir en el
programa una lectura del propio Lorca dentro de las sesiones de dicho Concurso.
No es de extrañar este entusiasmo de Falla hacia la obra de García Lorca, ya
que ésta se adentraba en un mundo que Falla había tratado ya en La vida breve y en El amor brujo: el mundo gitano. Lo cierto es que el poeta granadino
tiene prácticamente perfilado su poemario a inicios de 1922, ya que, como
prólogo a la inauguración del Concurso, se organiza un recital en el hotel
Alhambra Palace donde lee algunos poemas y se acompaña a la guitarra por Manuel
Jofré y Andrés Segovia. El, por entonces joven, guitarrista linarense
interpretó unas soleares a la conclusión de la lectura. El deseo de Lorca era
publicar el Poema del cante jondo
coincidiendo con la celebración del Concurso de Canto Primitivo Andaluz, como
le gustaba a Falla llamar al cante jondo.
Sin embargo, no llega a concluirse ese proyecto de publicación y habría que
esperar hasta el año 1931 para que el libro saliera a la luz pública. Hubo
algunos intentos posteriores de edición, como el ocurrido en 1926, cuando
Emilio Prados le pidió varios manuscritos originales para su revista malagueña Litoral, pero tampoco le llegó el turno
en esta ocasión al Poema del cante jondo.
A partir de esta fecha, se irán publicando entonces varias secciones del libro
(Viñetas Flamencas, El Gráfico de la Petenera, La Baladilla de los Tres Ríos…)
en diversas publicaciones, para concluir finalmente en la edición completa de
1931, en forma de libro y con el texto definitivo del poeta.
He vuelto a esos
versos lorquianos, tan flamencos, tan misteriosos, tan trágicos, porque he
visto torear a Curro Díaz; y porque intuyo que su toreo se emparenta con
aquella poesía de Lorca. En estas dos últimas temporadas nos hemos encontrado
con un torero distinto, verdaderamente profundo y aflamencado. Profundo por su
concepto: por su lentitud en la ejecución de las suertes, por su colocación
ante el toro, por la longitud del trazo en cada pase. Aflamencado por su aroma:
por la composición de su figura, por la arrebatadora plasticidad de sus
remates, por su abandono de condición casi mística cuando hay entendimiento con
el animal bravo. El libro que publicó García Lorca en 1931 es, como hemos
mencionado antes, misterioso y trágico. El toreo de Curro Díaz es un toreo de
cante jondo, porque flamenco y toreo mantienen una correspondencia
incuestionable.
Vamos a tratar de
revelar, en la medida de lo posible, esa afinidad apuntada entre el toreo de
Curro y la poesía de Lorca. Podríamos comenzar hablando del pasado, de los
tiempos antiguos, y también del rito. Tanto García Lorca como el compositor
gaditano Manuel de Falla aseguraron en sus estudios sobre el cante jondo que se
trataba de un canto puramente andaluz, ya existente en germen en esta región
antes de que los gitanos llegaran a ella en el siglo XV en su peregrinación
desde la India hasta Europa –después, estas gentes fundirían los viejísimos
elementos nativos con sus viejísimos elementos orientales para crear lo que más
tarde llamaríamos cante jondo-. Y Curro es un torero esencialmente andaluz. Es
el mismo sentimiento de ese cante jondo andaluz el que impregna no sólo su
toreo, sino su modo de ser y de estar en la plaza, su personalidad y su
carácter una vez que se enfunda en el traje de luces. Salta al ruedo, entonces,
un torero antiguo, en el más plausible sentido del término; un torero
milenario, poseedor de esa vieja esencia, de ese sagrado sentimiento –porque
hay una firme ilación con lo religioso, ya trataremos de esto más adelante-.
Hay unos versos de Lorca en el “Poema de la saeta” que inciden en esos matices
antiguos del flamenco –y del toreo, podemos añadir nosotros-:
Anchos sombreros grises,
largas capas lentas.
Vienen de los remotos
países de la pena.
Se diría que el
poeta granadino escribió estos versos inspirándose en el mundo del toro. Esas
“largas capas lentas” nos evocan los lances rosados del capote, con esa
lentitud melancólica – de los “países de la pena”, dice Lorca- propia de los
artistas. Y es que, tanto en el cante como en el toreo, la lentitud implica
tristeza, una pena solemne y ancestral. Y nos adentramos aquí, al emplear las
palabras solemne y ancestral, en la cuestión del rito. Opinaba Lorca que el
cantaor, al interpretar, celebraba un rito en el que surgían en su interior las
viejas esencias dormidas y las lanzaba al viento envueltas en su voz. Ese es el
sentido religioso, ritual, del canto. Asimismo, definía a los cantaores como
gente extraña y sencilla al mismo tiempo, ya que podían alcanzar un estado
cercano a la alucinación mientras desarrollaban su arte. De esta manera lo
expresaba el poeta: “Cantan alucinados por un punto brillante que tiembla en el
horizonte”. Esta transformación de la persona en el artista también tiene lugar
en el torero, fundamentalmente en el torero de corte artístico, el de
inspiración. Y suele ocurrirles mayormente a estos espadas porque son ellos,
únicamente ellos, los que conciben la Fiesta como un rito, como una ceremonia,
y no como un simple espectáculo. Sospecho que todo buen aficionado piensa de la
misma manera; entiende la tauromaquia como un ritual sagrado, como una
celebración de la vida y de la muerte. Y con esa trascendencia afronta Curro su
oficio; sabiendo del riesgo de la cogida, pero también de la magia del toreo
puro cuando acontece. Por esto Curro Díaz es un torero ceremonioso, no hay más
que verlo dar una vuelta al ruedo, o colocarse para un cite, o recoger una
ovación, o llevar al toro al caballo –suerte que es una delicia para el
aficionado de fino paladar si se hace con la sabiduría y la suavidad que
requiere-, o exponerse a la cornada con el toro incierto –Curro desconoce en el
ruedo el significado de la palabra ventajista-. Recuerdo el percance tan
espeluznante sufrido en la Feria de Linares de 2004; después de que entrara en
la enfermería, en la plaza quedó un silencio espeso, infausto. Antes fue el
¡ay! trágico, como escribiera Lorca en otro de sus poemas:
El grito deja en el viento
una sombra de ciprés.
La amenazante
sombra de un ciprés, es decir, la presencia de la Muerte rondando por el coso.
De ahí que esta Fiesta no sea un mero espectáculo ni un deporte, es un rito
porque la muerte está presente: la muerte admitida del toro y la imprevista del
matador. Y también lo es porque el público participa de ese rito. Al igual que
en el flamenco, en la tauromaquia el pueblo anima y premia a los toreros
–cantaores y tocaores, en el caso del flamenco- con gritos y voces cuyo origen
se encuentra en antiguos ceremoniales de Oriente –es lo que hoy conocemos como
jalear-. No hay duda: el cante y el toreo son ritos.
También son artes,
porque tienen la facultad de traslucir emotividad, de provocarla en los que lo
ven o lo escuchan. Refiriéndose a la voz humana del artista jondo, decía Lorca:
“La frase melódica va abriendo el misterio de los tonos y sacando la piedra
preciosa del sollozo, lágrima sonora sobre el río de la voz”. La emotividad del
cante da lugar a la lágrima, pero es una lágrima de dicha, de felicidad, como
la que nos humedece los ojos cuando presenciamos una faena arrebatada, lenta e
inspirada. Esa fuerza emotiva va ligada a la melancolía –a la lentitud y la profundidad
en el terreno taurómaco-, y a todos los que sentimos ese arte, trátese del
cante o del toreo, dicha melancolía se nos convierte en un llanto íntimo de una
manera secreta e irresistible. Unos versos del “Retrato de Silverio
Franconetti” nos hablan de esto:
Su grito fue terrible.
Los viejos
dicen que se erizaban
los cabellos
y se abría el azogue
de los espejos.
Pasaba por los tonos
sin romperlos.
García Lorca nos cuenta
el efecto que causaba la voz de Silverio en el cante: se erizaban los cabellos,
se abría el azogue de los espejos. Los espejos se rompían, pues, ante el
potente quejío del cantaor, y su
emotividad erizaba los cabellos de quienes lo escuchaban. A mí, personalmente,
se me erizaron los cabellos viendo el inicio de faena de Curro Díaz en el San
Isidro de 2004. La emotividad fue tal que se produjo a pesar de la pantalla;
intuyo que si lo hubiese presenciado en Las Ventas en lugar de seguirlo por
televisión, mis ojos se hubiesen anegado de las lágrimas de ese llanto íntimo
antes aludido. El toreo de Curro es arte, además de rito.
Habrá, entonces,
que mencionar a la inspiración, concepto que podríamos definir como
creatividad, como improvisación feliz y armónica y que en el toreo viene a
manifestarse principalmente en los remates. ¿Existe un torero en el escalafón
actual, exceptuando a Morante de la Puebla, que ejecute los remates con mayor
inspiración que Curro Díaz? Pero, antes de proseguir, deberíamos aclarar cuál
es la función del remate; por qué y para qué se realiza. Regresemos un momento
al cante jondo, que también incluye estos adornos, y escuchemos las opiniones
de Manuel de Falla al respecto:
“Aunque la melodía
gitana es rica en giros ornamentales (es decir, en elementos de adorno), éstos,
lo mismo que en los cantos primitivos orientales, sólo se emplean en
determinados momentos como expansiones o arrebatos sugeridos por la fuerza
emotiva del texto”.
Sin duda, es la
misma idea que podemos hacer extensible al remate taurino: tras una serie de
pases profundos, emotivos, viene la culminación, la liberación en forma de
adorno, que pone el punto y final a ese conjunto de lances o de muletazos; en
ese momento surge el chispazo de inspiración, justo cuando es necesario, cuando
es preciso, ni antes ni después. Y Curro es un maestro del remate artístico: la
composición de su figura, la armonía de sus movimientos, son equiparables a una
danza, una danza que brota espontánea y jonda. Titula García Lorca un poema
concretamente así, “Danza”, del cual recogemos estos versos:
Y en la noche del huerto,
sus sombras se alargan
y llegan hasta el cielo
moradas.
Sitúa Lorca el
baile flamenco en la noche, a la luz del fuego, como si se tratase también de
un ritual, y las sombras se alargan porque las figuras de los bailaores parecen
estilizarse en la danza. Finalmente, alcanzan el cielo porque ya no son
criaturas terrenales, se dirían transformadas, a través de su arte, en seres
divinos. Es el rapto de inspiración, como si el artista decidiera abandonarse y
olvidarse de sí mismo; no nos extraña, por tanto, que muchos toreros hayan
confesado que durante sus mejores faenas han llegado a olvidarse del cuerpo.
Esto mismo creí yo apreciar en los pases de pecho de Curro en la plaza de Jaén
en la pasada Feria de 2005, o en el molinete de la faena de Linares de ese
mismo año,o en los cambios de mano en el verano barcelonés –uno de ellos, por
cierto, quedó convertio en cuadro-, o en ese maravilloso remate dejando el capote
a una mano, el cual felizmente ha quedado fijado en una fotografía que puede
admirarse en una de las paredes de la peña taurina “José Fuentes”, en Linares.
Yo me atrevería a calificar de idóneo el lugar donde se ha colgado esa
fotografía; en la casa de su maestro, del maestro Fuentes, otro torero de cante
grande del que Curro, como todo admirador sincero, ha aprendido tantas cosas.
Pero regresemos a
la poesía de Lorca y a su aspecto más trágico. Escribe en el poema “Puñal”:
El puñal
entra en el corazón,
como la reja del arado
en el yermo.
No.
No me lo claves.
No.
Esas navajas del Poema del cante jondo entrando en la
carne para que se escape la vida por las heridas, son el equivalente a las astas
del toro en el mundo también misterioso y trágico de la tauromaquia. Curro ha
sufrido cogidas pavorosas –antes mencionamos la de Linares en la Feria de
2004-, pero también ha escapado milagrosamente de muchas –baste recordar la
tarde angustiosa de los Cuadris en la Feria de Abril de Sevilla de 2005-. Esa
tarde de Sevilla cuadraba perfectamente con los versos que escribió el poeta
granadino en “Encrucijada”:
La calle
tiene un temblor
de cuerda
en tensión.
Si sustituyéramos
“La calle” por “La Maestranza”, el poema definiría perfectamente lo que
sentimos aquel espléndido día de primavera; olía a cogida desde que salió el
primer toro. Por fortuna, Curro salió ileso.
Para Lorca, el
patetismo era una de las características más pronunciadas del cante jondo. Él
lo expresaba así: “El andaluz o grita a las estrellas o besa el polvo rojizo de
sus caminos”. Esto es, el cantaor lo apuesta todo: o alcanza lo sublime o se
quiebra en lo ridículo. De la misma manera se comporta Curro Díaz ante los
toros: o consigue darles los muletazos que él siente, o se juega la cornada. No
hay medias tintas. Al igual que en la poesía flamenca de Lorca, la belleza y la
tragedia van hermanadas, una está a un paso de la otra. No es Curro un torero
fingidor, como se comprobó de modo escalofriante en la tarde de Sevilla; o como
demostró en la Feria de Linares de 2005, cuando realizó la más bella faena del
ciclo –faena de dos orejas que emborronó con la espada- después de sufrir un
pitonazo en la barbilla lidiando a su primer enemigo.
Esta es la
singularidad del toreo de Curro Díaz: es un toreo jondo, artístico, y a la vez
preñado de patetismo trágico –como ocurrió el 12 de Octubre en Madrid, bajo la
lluvia-, por este motivo lo hemos relacionado con la poesía de García Lorca, y
lo hemos calificado, al inicio de esta conferencia, de torero lorquiano.
Asimismo, Curro es un torero misterioso; queremos decir que es dueño de un
misterio. Cuando acudimos a la plaza a verlo, desconocemos hasta dónde
alcanzará su arte cada tarde. Su capacidad con los toros crece de una a otra
temporada, y su enjundia se asolera en cada ocasión que viste el traje de
luces. Ignoro a día de hoy si Curro Díaz seguirá siendo un torero de culto o
fraguará en uno de los grandes –para ello, a mi entender, tendrá que afinar con
el acero y concederle más protagonismo al capote, ya que cualidades artísticas
le sobran para manejarlo como los elegidos-, en cualquier caso, es una
bendición para los aficionados a la Fiesta que en estas dos últimas temporadas
se haya revelado un torero como él. Un torero con unas formas estilistas de
concebir la lidia de un toro, con una inspiración especial asentada en la
despaciosidad, en la plasticidad, en el empaque…, un torero que se ajusta las
embestidas de los astados en tal medida que en cada pase los pitones pasan
suavemente muy cerca de su vestido como dos afiladas navajas, un torero que
irremediablemente irá ganando fieles adeptos por cualquier punto del mapa
taurino. Lástima que no exista hoy un García Lorca que pueda escribir versos
tan solemnes sobre la belleza de su toreo.
Miguel Vega, 6 de Enero de 2006.
VOLVER A SER
CURRISTA
La temporada de
2005 ha llegado a su final, tras los días lluviosos sobre el ruedo de la plaza de
Jaén. Se aposenta un Otoño borrascoso y frío –y deseemos que las nubes perduren
en esta estación, y que sigan mojando los campos que han de recorrer los toros
bravos- que nos recoge en la placidez del hogar, que nos anuncia la llegada de
un invierno propicio para la lectura, para la reflexión y el recuento sereno
–con la debida y necesaria distancia temporal- de lo que ha dado de sí el año
taurino.
Cada uno hará su
propio balance: los matadores de su campaña, los empresarios de sus beneficios
y posibles pérdidas, los aficionados de lo que han podido ver o, en su defecto,
leer en la prensa taurina. Cada cual sacando sus propias conclusiones,
preservando en la memoria aquellos momentos dignos de destacarse y a la vez
encarando una nueva ubicación para la temporada siguiente. Yo, como mero
aficionado, también medito en el Otoño sobre las emociones reales, intensas,
que me ha deparado este año 2005 rematado en Jaén. Y la mayor satisfacción ha
sido certificar ese anhelo que ya me rondaba en el 2004, pero que este año se
ha visto confirmado: la oportunidad de volver a decir soy currista.
Retirado Romero, el
longevo Romero que parecía haber pactado con el diablo una perenne juventud (o
una espléndida e inagotable madurez, como ustedes prefieran); y cuando el otro
Curro, el Curro de Madrid –a pesar de
ser de Linares-, se cortó la coleta al final de la temporada de 2002 en
Vistalegre, donde comenzó, parecía que la expresión ser currista había perdido ya toda validez, su razón de ser en el
estado actual del planeta taurino. Se nos antojaba a los aficionados que había
pasado a tratarse de una expresión condenada únicamente al registro en las
enciclopedias y en los libros de tauromaquia, como otro vocablo más destinado a
enriquecer el acervo lingüístico de esta singular cultura del toro, como una
nueva pieza de museo ya completamente en desuso.
Pero ha surgido
alguien para contradecirnos. En la pasada campaña de 2004, con sólo doce
corridas toreadas, y en ésta de 2005, en la que ha sumado diecinueve festejos,
Francisco Díaz Flores, Curro Díaz, se ha hecho presente para desempolvar
nuevamente esas mágicas palabras y darnos la posibilidad de proclamarnos otra
vez curristas.
Porque el toreo de
este joven Curro –joven, pero asolerado- se ajusta perfectamente a las connotaciones
de lo que los taurinos siempre habíamos entendido por currismo, más allá del sentido literal de partidarios o seguidores
de Curro. Nos referimos a unas formas estilistas de concebir la lidia de un
toro, a una inspiración especial asentada en la despaciosidad, en la
plasticidad, en el empaque… a un toreo de cante
grande, porque es un toreo aflamencado; singular, porque tiene un sello
propio que lo hace distinto. Todo esto que prodigaron los dos Curros
anteriormente citados en muchas de sus actuaciones, lo viene apuntando Díaz en
estas dos últimas temporadas: ese perfume misterioso de sus maneras, la
trascendencia de cada muletazo, el éxtasis liberador de un remate. Curro Díaz
añade, además, un componente trágico a su toreo jondo: el dramatismo de su valor.
Se ajusta mucho las embestidas de los cornúpetas, tanto es así que en cada pase
los pitones pasan suavemente muy cerca de su vestido como dos afiladas navajas.
Curro es un torero lorquiano. La belleza y la cogida pueden aflorar
indistintamente en sus faenas.
Ni siquiera veinte
corridas ha toreado el diestro linarense en esta temporada recién concluida.
Sin embargo, no pocos aficionados sabemos de su torería excelsa, y no creo
equivocarme si afirmo que en el 2006, a poco que le rueden las cosas, el currismo
–que ya es, que ya existe- irá ganando fieles adeptos por cualquier punto del
mapa taurino.
Miguel
Vega, 23 de Octubre de 2005.
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