POESÍA TAURINA

    A la poesía, también llego la influencia de la fiesta de los toros, son muchas las obras poéticas basadas en este espectáculo que a lo largo de la historia han escrito innumerables poetas. En "Tercio de Varas" hemos querido dedicarle un espacio a este bello arte.

Mándanos  tus poesías taurinas y gustosamente las publicaremos. 

Imagen lírica de una corrida de feria... Miguel Vega Blázquez
Lances al aire  Miguel Vega Blázquez
Domingo de Ramos Miguel Vega Blázquez
Media verónica en la Malagueta Miguel Vega Blázquez
Temporda americana. Miguel Vega Blázquez
Curro Díaz y el de Gavira en las Ventas. José Luis Bautista “Pepillo”
Brindis a Linares Ramón Cue

A D. Joaquín Vidal

José Luis Bautista “Pepillo”

A Curro Díaz: Azul y oro

Miguel Vega Blázquez

Estampa en la tormenta

Miguel Vega Blázquez

A Dª María de las Mercedes

José Luis Bautista “Pepillo”

A Curro Romero.

José Luis Bautista “Pepillo”

A nuestro amigo José Troya

José Luis Bautista “Pepillo”

A César Palacios

José Luis Bautista “Pepillo”

 

    


 

 

Imagen lírica de una corrida de feria en Linares.

 

 

Los dos toreros conversaban en la arena

-sus trajes rutilando bajo el alumbrado recién encendido-

con casi idéntica apostura,

mientras el compañero de terna se afanaba en poner frente al caballo

al quinto toro del festejo.

Caía la tarde,

las nubes rizadas se fundían en el oro de un agosto moribundo.

En esos instantes estaba contenida toda la corrida:

lo acontecido y lo que quedaba por acontecer.

 

Los dos artistas eran esbeltos.

La seda de sus vestidos, de un tono semejante:

el azul tan pálido de la espuma del mar.

Los dos capotes descansaban verticales ante ellos,

como parapetos de pliegues rosados y aúreos.

Sin perder de vista el galope del astado

que se marchaba herido de su encuentro con la vara,

charlaban a media voz.

 

Uno de ellos ya había dado muerte a sus dos enemigos.

Al otro le faltaba lidiar aún al último del encierro.

Era el primero un torero modesto

que se sabía triunfador

merced al barroquismo de su muleta y a la templanza de su estoque.

Disfrutaba, entonces, cada minuto de permanencia en el ruedo.

Quien dialogaba con él era un torero emparentado con la fama,

pero que todavía no preveía el pitón certero del sexto,

el muslo abierto de su subalterno tras la cogida,

la incertidumbre y el peligro frío de la embestida de la bestia

con la que decidió jugarse también la herida en su propia carne.

 

Y, ciertamente, ya todo eso estaba palpitando

en la conversación serena

que mantenían dos aristócratas del toreo:

las exquisitas faenas del de Linares,

la hombría sin cuento de Cayetano.

 

                           Miguel Vega, septiembre de 2008.

 

 


 

 

 

Lances al aire.

Veo a un muchacho en un verano distante.
Una playa de Torrox, la atardecida.
Antes de abandonar la arena
ensaya unas verónicas templando la brisa del mar
-la toalla es el ilusorio capote-
y un olé anónimo se escapa desde el chiringuito vacío.

Hoy vi al niño rubio de ese muchacho
-apenas alcanza los tres años-
lanceando en el parque con un mantelito rosa
entre las sonrisas sorprendidas de los espectadores.

Entonces se humedecieron los ojos de aquel muchacho
recordando aquel lejano atardecer de agosto;
entonces me brotó sin remedio alguna lágrima
viendo a mi hijo jugar dándole lances al aire.

 

 

 Miguel Vega, 7 de mayo de 2008.


 

Domingo de Ramos
 
El sol litúrgico escindiendo la arena.
Viejos toreros sacralizando los tendidos
con su muda presencia.
El aroma de las viejas amistades
sumándose al del respetable palmero encendido.
"Celeste y oro", nos avanza con optimismo
el padre del torero en la charla.
 
Pero el tedio termina desengañándonos
hasta que salta el quinto toro de Barral
y el artista presiente su embestida.
"¡Ahí queda eso, Curro!",
el grito enfervorizado a la conclusión
de una tanda desmayada de redondos
y el obligado, pletórico, de pecho.
Y allí estaba de nuevo el arte,
ese raro milagro,
tan nítido y rotundo como los perfiles rocosos de Jabalcuz
en las celestes -y un sol de oro- alturas.


 
Miguel Vega, 2008.


        

 

 

 

Media verónica en la Malagueta
 
¿Existió realmente esa media verónica?
No culminó ninguna serie de verónicas clásicas,
no abrochó ese esperado saludo con el capote,
ni remató el quite posterior, jamás realizado:
apareció aislada e imprevista,
dormida en la tarde plomiza.
 
Un sólo lance que encerraba en sí
toda la belleza que en el ruedo de aquella tarde
pudiera revelarse.
La plasticidad asfixiaba el alma
durante ese demorado segundo:
el pelaje blanco y musculado del Osborne,
el terno corinto del maestro,
la curva acompasada de aquella flor rosácea cerrándose,
y el toro persiguiéndola con la suavidad de lo irremediable,
hasta completarla,
con la obediencia lenta del hechizo.
 
Curro dejando frente al caballo al primero de la tarde.

 

Miguel Vega, 2007.

 

 

 

 



   

  Temporada americana

 

    Agazapado el derrote en la tarde.

 

     Volaban ensordecedores los aviones

     sobre la volcánica altura del ruedo.

     Y el último astado finalmente en la arena:

     hermoso de pelaje, bermejo, de elegante galope,

     de buen presagio en las dos verónicas que le ligó el artista.

     Reciente todavía en los tendidos

     el triunfo de un torero de dinastía

     -una oreja paseó por el anillo-.

 

     Y ahora Curro citaba al colorado con la púrpura de la muleta.

     Cuatro o cinco arrancadas probatorias

     y con la mano gallardamente en la cadera

     le muestra el camino del primer redondo.

     El viento, entonces, que flamea la tela,

     el pitón, entonces, elevando al matador como un arcángel trágico.

     Y, entonces, una caída de bruces coreada por el espanto,

     por la incierta trascendencia de la herida en la carne.

     Cuando lo incorporan,

     no hay sangre que tiña el azul purísimo de su taleguilla.

 

     Ni siquiera Curro Díaz entendió

     cómo pudo salvar la cornada en la plaza de Quito.

 

                                Miguel Vega Blázquez.

 


 

 

 

Curro Díaz y el de Gavira en las Ventas.

 

 

Arisco el toro huye

en su salida a la plaza,

la muleta del Guadalquivir

lo templa y lo amarra. 

Lo prende en sus muñecas,

su cintura lo acompaña,

y entre compás y compás

vastos monumentos levanta.

  Los cabellos se erizan

y se roncan las gargantas,

los oles de dinamita

la plaza la resquebrajan.

Dislocado está el tendido,

arde hechizada su alma

cuando se despide la “Esencia”

con garbo y gitana planta.

 

José Luis Bautista “Pepillo”

 

 

 

 

 

 

                


 

Brindis a Linares.

 

Si yo en linares toreo

quiero hacer mi “paseillo”,

señora por tu paseo.

Para cantarte el deseo

-tarantos- de este estribillo:

¡Dame temple, gancho y raza,

y yo me daré tal traza

que haré regresar de lejos

a Manolete a tu plaza.

Señora de Linarejos!

 

Ramón Cue S.J.  Junio 1971

 

 

 

 

    Esta poesía fue escrita por el sacerdote jesuita D. Ramón Cue, dedicada a Doña Concha Mendoza Caro, vecina de Linares y amiga intima de Doña Amalia Garrido Rodríguez hija del celebre doctor D. Fernando Garrido Arboledas, que en paz descanse, y  con todo el cariño, estas dos señoras, nos han hecho entrega a la Peña “Tercio de Varas” de esta poesía llena de sentimientos. 

 

 


 

 

Homenaje póstumo a: D. Joaquín Vidal

 

De luto vestidas van

Las Ventas y La Maestranza,

porque “La Pluma” dejó

su tinta hoy derramada.

“La Pluma” ya se marchó,

le llevaron en volandas,

como a los toreros buenos

le despidieron con palmas.

Mudo se queda el tendido

que la fiesta adora y ama,

recordando a  Bergamín:

Esto es música callada.

Adiós, hasta siempre adiós,

“Pluma” sincera y honrada,

siempre te recordaremos

por honesta y afilada.

 

José Luis Bautista “Pepillo”  2002.

 

          

 


.

           Azul y oro
   
      A Curro Díaz

¿Cómo olvidar ya el terno azul y oro
que lució Curro en el ruedo de Las Ventas
aquella última tarde de Mayo?

Aún puedo rescatar la emoción de sus muletazos
desmayados,
sentidos -celebrados- allí, ante el televisor,
en aquella lóbrega taberna
de una vieja calle de Almería,
junto a mi hermano,
dos linarenses rodeados de ancianos de blancas camisas,
mezclados en ese ambiente tan insólito por añejo,
como el toreo de sabor antiguo
que Curro dictaba en la plaza de Madrid
-hasta el toro, el enorme toro,
parecía el remedo de un grabado de La Lidia-.

¿Cómo olvidar el breve paño de sangre
que guiaba tan pausada la embestida zaína
del formidable Cuadri,
el garbo rosado del capote en la cadera
paseando el anillo de arena montera en mano,
el fulgor dorado -azul y oro-
de esos minutos de inaprensible belleza
en aquel sombrío local taurino?

 Miguel Vega, Junio de 2004.


Estampa en la tormenta
   
     Dos hermosas bestias siendo arrastradas
     en círculos consecutivos por el lodazal.
     Los cadáveres son ovacionados
     bajo un furioso aguacero:
     sus cuerpos sangrantes tiñendo los charcos,
     sus grandes cornamentas sobresaliendo
     del barro amarillento que embadurna sus hocicos,
     la lluvia empapando el negro pelaje inerte.
     Todavía en el arrastre se muestran
     tan poderosos, tan excepcionales,
     como la propia fuerza natural
     que se desborda desde un cielo ennegrecido.

 Miguel Vega, Mayo de 2004.
       


Homenaje póstumo a Dª María de las Mercedes de Borbón - Dos Sicilias

 

 

Ya se marchó la Señora,
qué triste quedó el albero,
seguro estoy que a estas horas
tiene tertulia en el cielo,
para contarle a toreros
como lo borda Romero.

                                                                    José Luis Bautista “Pepillo”

 

 


A Curro Romero

 

Con sus andares naneados
va acariciando el albero,
y mece con gran salero
un terno en oro bordado.

Como ruedas de molino
verónicas enlazadas,
una media rematada
deja sabor de buen vino.

Redondos y naturales
con infinita  largura,
producen una locura
hasta en cabezas cabales.

Llega con cierto recelo
a la hora de matar,
mucho le cuesta ayudar
a la muerte que es de acero.

Los trofeos le dan penita
que su mirada refleja,
cuando coge las orejas
un bramido su alma agita.

Orgulloso va el torero
con su apellido en la mano,
de su tallito agarrado
pasea feliz el albero.

                                                                                José Luis Bautista "Pepillo".

 



 

      Esta poesía fue dedicada en homenaje póstumo a un compañero nuestro que vivió con gran intensidad la fiesta de los toros. ¡Va por ti José!

 

 

Homenaje póstumo a nuestro amigo José Troya

 

Apellido de batalla,
cabeza cana lucía,
de profesión harinero,
alma torera tenía.

Padre coraje José
que por sus hijos sufría,
que por sus hijos luchó
y por sus hijos sentía.

La muerte le visitó
traicionera y "escondía",
y su vida se llevó
en un capote "prendía".

En invierno las tertulias
con sentimiento vivía,
ahora estamos seguros
las vive con torería.

¡Dale un abrazo a Belmonte,
dile que iremos un día
y en el cielo nos haremos
tertulias por bulerías!

                                                                           José Luis Bautista "Pepillo".

 

 


 

A César Palacios

 

Ya sonaron los clarines,
ha comenzado el paseo,
se avivan los corazones
se pone en marcha el toreo.

Patillas plata erizadas
se ponen al "Arenero",
porque sus sueños los vive
torero como Frascuelo.

Le pechea a la boñiga,
de soslayo al burladero
mira queriendo dar orden
a un supuesto tercero.

La noche llega y le cambia
a César el indumento,
y el torero es un pintor
que pinta sublimes sueños.

                                      José Luis Bautista "Pepillo" .



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